Vida móvil – vol. 1

Tengo varias carpetas en el ordenador con fotos de móviles. Nunca les había dado la menor importancia hasta hoy, no sé por qué hoy.

03/02/2009 – siempre se quiere venir conmigo

02/09/2008 – dos años en el Paseo de las Delicias

09/01/2009 – cómo nevaba…

17/03/2009 – nos encontramos con Pedro en Gran Vía

25/02/2009

21/10/2010

07/01/2011 – para poder dormir bien

08/02/2011 – Asturias me estaba esperando

10/02/2011 – era febrero pero en Asturias hacía sol

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Nostalgia

El sábado fui al cine a ver Scream 4. No iba con muchas expectativas pero contra todo pronóstico me atrevo a decir que me divirtió.

Lo que más me gustó creo que fue que por momentos me teletransporté años atrás en mi vida. Cuando íbamos al videoclub a alquilar pelis de miedo para verlas en la casa del primero/a que se quedase solo aprovechando que los padres iban de viaje o a alguna cena de esas largas a las que van los padres. Comprábamos palomitas de microondas (aunque siempre quise de sartén, como las que hacía Drew Barrimore en la primera escena de Scream , justo antes de morir y convertirse en la primera víctima de la saga), coca-cola y chucherías y metíamos la cinta VHS que tocase en el vídeo. No hacía falta más.

(No quiero dármelas de niña modelo, los botellones y las discotecas vinieron después, estoy hablando de cuando tenía entre 12 y 15 años.)

En aquella época se estrenaban mogollón de películas de terror. Hoy en día seguro que la mayoría nos parecen un bodrio, pero entonces esas películas de principio de los 00’s (¿se puede decir así, no?), aún de aire noventero, nos parecían la pera. En realidad a mí me lo siguen pareciendo.

Pobre Drew, no llegó a comerse las palomitas…

Luego ya vinieron The Ring, y la moda de las películas de terror japonesas (con sus respectivos remakes americanos), después Saw (I,II,III,IV…)…

Lo siento, pero no es lo mismo.

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Hasta luego Ocho y Medio

Mi vagueza crónica me ha llevado una vez más a abandonar este blog, hasta hoy.

Es un día perfecto para seguir escribiendo porque hoy acaba una etapa.

Creo que una persona va formándose mediante muchos factores: la gente de la que te rodeas, las experiencias que vives, las decisiones que tomas, los sitios que frecuentas… y hoy es el día para hablar de esto último.

Llegué a Madrid con a penas 18 años (que aún no los tenía!) y ante el cambio tan brutal que supone llegar a una ciudad como esta, ves miles de posibilidades ante ti, y millones de cosas que hacer y de lugares que visitar. Pues bien, uno de los primeros “garitos” a los que, por motivos de la vida, acudí fue el 8 y medio (el ocho, a secas, para nosotros), y ya han pasado cinco años desde entonces.

En aquella primera toma de contacto la sala estaba llena de modernos, en el ocho todo vale, y a mí me encantaba la mezcla de gente tan variopinta que desfilaba por aquellas escaleras. Yo quería formar parte de eso.

Entré en una dinámica que, si fuese una película, bien podría titularse “viernes al ocho, sábado al elástico”. Pero qué bien nos lo pasábamos.

Han ido pasando los años y parece que toda esta gente se ha ido dispersando. Pero nunca he dejado de ir al ocho. Siempre era el plan perfecto para mí, ya estuviese planeado o surgiese de repente.

No sabría elegir si tuviese que pensar anécdotas para contar en la sala Flamingo, primero porque son muchísimas y segundo porque mi memoria deja bastante que desear. Un recuerdo reciente es de una noche pedirle a Guille Milkiway, que pinchaba esa noche, una canción de Camilo Sesto, y bailarla como si fuese la última vez.

Las colas, las escaleras de la entrada, que a más de uno le han jugado una mala pasada, los “vamos a subir a la tarima!”, cerrar la sala y salir pasadas las seis muertos de hambre, ser un montón…o ser dos, la camarera del pelo rosa, los visuals (recuerdo especialmente una noche que estaba puesta Cry Baby, y la mirada se me desviaba todo el rato)…

Todo esto parece que termina, acaba una etapa y la Sala Flamingo y todos nosotros somos testigos de ello. Se cierra el telón y lo único que nos queda es volver esta noche allí y despedir como se merece al sitio que tantos momentos nos ha dado.

Sé que volveré a bailar en el 8 y medio en su nueva ubicación, sea la que sea, y cruzaremos los dedos para que sea tan buena como la que a partir de ahora parece que será un triste almacén de Zara.

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Home sweet home

Me he levantado cerca de las tres de la tarde, descanso merecido después de dos días seguidos tirándome doce horas en la maldita universidad. Esa ha sido mi manera particular de hacer huelga.

Es bonito estar instalada y a gusto en un nuevo hogar, poquito a poco se hizo el camino.

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Mr Nobody

Tan jodídamente enrevesada como genial. Lo reconozco, pierdo la cabeza con casi cualquier obra que me entre por los ojos y por los oídos. Los colores, los paisajes, la música…

No sé realmente si he entendido el final, o si hay algo que entender.

El mensaje es claro: las aparentemente pequeñas decisiones pueden cambiar el rumbo de una vida desde el mismo momento en el que somos concebidos.

Otis Redding – For Your Precious Love

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Agosto

La euforia veraniega de julio se ha acabado dando lugar a agosto.

Es la segunda parte del verano… nunca me han  gustado las segundas partes.

Últimamente tengo la sensación de estar quedándome absolutamente obsoleta u obsoletamente absoluta, el calor trastorna mis neuronas, o lo que quiera que sea eso que habita tras mi estructura creaneal

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Festivaleo

Tras mi experiencia del pasado fin de semana no me cabe la menor duda: para el verano “Festival + amigos” es la combinación ganadora.

Parece que hace más ilusión encontrar a gente conocida cuando estas fuera de casa, del lugar de siempre, y en el Low Cost Festival lo he podido experimentar.

Pero sin dudar, de estos días de mar, sol, conciertos y amigos me quedo con las risas. Llorar de la risa es uno de los mejores sentimientos que los seres humanos podemos experimentar, y por esto precisamente se han caracterizado mis cuatro días de locura que repetiría una y otra vez sin pensármelo.

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